La
globalización.
Un concepto
y sus problemas
KLAUS BODEMER
Klaus Bodemer: investigador del
Instituto de Estudios Iberoamericanos de Hamburgo.
El
término globalización es utilizado en distintos sentidos e interpretaciones, aunque
pueden mencionarse elementos comunes a todas las versiones. La globalización no
es un fenómeno nuevo, sino la intensificación de las transacciones
transversales que hasta ahora se incluían en la llamada internacionalización.
Hay
acuerdo en que el núcleo globalizador es tecnológico y económico, abarcando las
áreas de finanzas, comercio, producción, servicios e información.
Un
tercer elemento común a las versiones de la globalización consiste en la
convicción de que cualquier intento de desacoplarse de este proceso está condenado
al fracaso. Sin embargo, como lo demuestran las experiencias nacionales de
apertura exitosa, de ello no se desprende que el Estado deba desvincularse del
control sobre la vida económica.
Hace
más de un siglo y medio, Marx provocó al mundo burgués con célebres palabras:
«Un fantasma recorre Europa: el comunismo». Hoy es otra la frase que está en
boca de los líderes políticos, gerentes de empresas, trabajadores y
científicos:
«Un fantasma recorre el mundo: la globalización». Lamentable pero
comprensiblemente,
no existe ni una definición clara ni una teoría de la globalización. ¿Se trata
entonces de nuevas tendencias evolutivas o sólo de una palabra de moda? En una
primera aproximación al tema puede diferenciarse muy esquemáticamente entre dos
vertientes de interpretación del fenómeno: una versión pesimista y una
optimista.
Para
los pesimistas –sobre todo de izquierda– la globalización es la encarnación
del mal. La globalización sería la constatación tardía de las profecías de
Carlos Marx, o mejor de Hilferding («el capital financiero»), es decir del
predominio del capital, el imperialismo, el poder hegemónico de una minoría
sobre las mayorías que provocaría la marginación definitiva de las masas y de
los países del Tercer Mundo. De acuerdo con esta versión, los procesos
desencadenados por el «capitalismo salvaje» o el «capitalismo de casino» van a
acelerar el fracaso definitivo del capitalismo, lo cual constituye en última
instancia un consuelo para sus sostenedores. Una versión menos dogmática
vincula la globalización al socavamiento del Estado de bienestar que resulta de
la competencia en el mercado mundial, con la pérdida de empleos e ingresos y de
la seguridad laboral y material, con la nueva pobreza, el aumento de la
desigualdad, la inseguridad y la criminalidad, temiéndose una vuelta al
capitalismo manchesteriano. La globalización se identifica con la pérdida de
poder de los ciudadanos, la dictadura del capital, la desestatización, la despolitización
y el retroceso de la democracia. Esta visión está muy extendida
entre
los sindicatos, los partidos de izquierda, el periodismo y los desocupados,
pero
también entre los científicos –según puede verse en el título de varios libros (Coch;
Ahlfeldt; Martin; Bourguinat). En el mismo sentido apuntan algunas investigaciones
periodísticas de semanarios como Newsweek (26/2/1996), que
tituló
«Killer Capitalism», y Der Spiegel (Nº 40, 1996), que habla de un
«Turbo-
Kapitalismus».
En síntesis, puede decirse que la perspectiva pesimista ve a la
globalización
como la causante de la competencia de localización, la desocupación creciente y
la incapacidad de la acción estatal para proveer
seguridad
ante los riesgos sociales.
La
versión optimista, que encuentra sobre todo acogida entre los
neoliberales, ve en cambio en los procesos de globalización el surgimiento de
una nueva era de riqueza y de crecimiento con oportunidades para nuevos
actores, para los hasta ahora perdedores y también para los pequeños países.
Según esta visión, la globalización de la producción y los mercados mejora las
oportunidades de acrecentar las ganancias a nivel mundial, sobre todo en las
naciones industrializadas y en algunos de los países en despegue, aunque
reconoce que agudiza las luchas distributivas a nivel nacional e internacional
(Nunnenkamp).
Se sostiene además que el impulso proveniente de los países en desarrollo es cada
vez más importante para el crecimiento del comercio, las inversiones y las finanzas.
De acuerdo con los datos del Banco Mundial, a mediados de la década del 80 el
volumen del comercio exterior de esos países correspondía al 33% de su PBI y a
mediados de los 90 representaba el 43%. El flujo de capitales privados hacia
los países en desarrollo se cuadruplicó en la primera mitad de la década actual,
pasando a constituir el 60% de los flujos de capital neto activo a largo plazo.
La
participación de los países en desarrollo en las inversiones directas a nivel
mundial
aumentó del 23% a mediados de los 80 a más del 40% en 1994. Hay que tomar en
cuenta, sin embargo, que de esa evolución participa sólo una docena de países
en desarrollo. Los defensores de la globalización afirman que ella crea
oportunidades para un desarrollo social y ecológicamente sostenible, sobre todo
para las regiones hasta 3 ahora
menos desarrolladas (Neue Zürcher Zeitung, 4/2/97). Por lo que respecta
a América Latina, Ramos sostiene en un estudio reciente, que el atraso
competitivo de la industria latinoamericana puede convertirse en una ventaja:
permitiría saltar etapas y entrar en una trayectoria de rápido crecimiento,
siempre que la ortodoxia neoliberal no inhiba la implementación de políticas de
fomento adecuadas.
Tanto
los pesimistas como los optimistas se preocupan fundamentalmente por
las
consecuencias del proceso de globalización para los Estados nacionales y la política.
La opinión más generalizada es la tesis de la declinación, según la cual la
globalización está socavando la soberanía de los Estados nacionales y
abriendo
paso a una «nueva Edad Media» –tal el título de un best-seller sobre el tema.
Algunos autores hablan del surgimiento de una sociedad informática de dos
clases: la globalizada de los ‘alfabetizados digitales’ –Reich habla de
«analistas
simbólicos» (pp. 189 y ss.)– que vive mayoritariamente en los países
industrializados,
y la clase de quienes no disponen de sistemas de información y comunicación ni
de posibilidades de participación, y –puede agregarse– de
trabajo.Como
consecuencia de la acelerada evolución tecnológica y del rol preponderante que
le cabe a la informática y a la comunicación en la era posfordista, el mercado de
los servicios de telecomunicaciones se ha convertido en el más dinámico de la actualidad.
Según un estudio del European Information Technology Observatory (EITO) de
1996, en 1995 el movimiento total llegó a un billón trescientos mil millones de
dólares y el crecimiento mundial promedio de ese mercado se ubicaba en el 8%.
Se calcula que para el año 2000 las ganancias llegarán a los 650.000 millones
de dólares y que la participación del sector en el producto bruto mundial
alcanzará el 2,4% (Neue Zürcher Zeitung, 7-8/12/96, p. 15).
Hay una densa red de participación,
cooperaciones y alianzas estratégicas en el mercado de telecomunicaciones,
aunque es de prever que a mediano plazo sólo logren sobrevivir las grandes asociaciones
como Concert, Global One, Unisource, Uniworld y World Partners. La
otra cara de la moneda es que el 80% de la población mundial carece
prácticamente de acceso a los medios de telecomunicaciones, y no está en
condiciones de participar de la «sociedad informática»,
la cual –tal es el convencimiento de muchos expertos– va a cambiar radicalmente
el mundo. Entre los países en desarrollo los «tigres» son los únicos en
condiciones de beneficiarse de una porción de la torta de las comunicaciones, que
crece de manera continua. De los 176 expositores presentes en la Feria Internacional
Cebit de Hannover, 39 provenían de Taiwán (Frankfurter Rundschau, 20/3/96).
El
país que va claramente a la cabeza del acceso a los multimedia es Estados
Unidos.
Singapur, que ocupa el décimo segundo lugar, ha logrado equipararse a Austria y
Bélgica, y dispone de más computadores por habitante que Alemania, que ocupa el
noveno lugar. Por otra parte, Africa, donde vive el 12% de la población mundial,
tiene apenas el 2% de las conexiones telefónicas. De acuerdo con las 4 estadísticas de la International Telecommunication Union (ITU) de
Ginebra, los habitantes de Africa realizan en promedio una llamada telefónica
de menos de un minuto por año. La ITU estima que sería necesaria una inversión
anual de por lo menos 30.000 millones de dólares para que los países del Tercer
Mundo puedan recuperar posiciones (Frankfurter Rundschau, 20/3/96). Sin
embargo, no es muy realista creer que realmente vaya a producirse tal recuperación.
Christian German afirma por el contrario que «los efectos globales de la
introducción de los nuevos medios indican una profundización de la brecha entre
las naciones ricas y el resto del mundo. La ventaja en tecnología e infraestructura
de que disponen los países industrializados no podrá ser reducida por los
‘pobres de la información’. El caso de la India constituye más bien un ejemplo
del doble daño social que puede provocar la acelerada incorporación a la era
informática con la creación de una casta informática y la paralela racionalización
de puestos de trabajo en los países industrializados. A ello se agrega el
surgimiento de una ‘aristocracia de la era informática’, que opera a nivel mundial
y que, desvinculada de las leyes nacionales, los principios democráticos y el
sistema social, determina en la actualidad por sí sola la expansión de la sociedad
informática global». (Frankfurter Allgemeine Zeitung, cit.) La cuestión
de las condiciones de posibilidad de la democracia y la viabilidad de las
políticas de los Estados nacionales en el mundo globalizado adquiere
diferentes
facetas:
1.
El politólogo norteamericano Benjamin Barber sostiene que el mundo se enfrenta
a dos tendencias: el fundamentalismo creciente (dschihad) y la globalización
(Coca Cola o McWorld). Mientras que el primero satisface la
necesidad
de identificación de la gente en la medida en que en una guerra santa cada uno
sabe de qué lado está y contra qué lucha, la globalización somete todo a la
rigurosidad de las leyes económicas: «La dschihad impone una política nacionalpopulista
sangrienta, McWorld una sangrienta economía de lucro». Ambas tendencias
son contrarias, pero unidas socavan las posibilidades de la democracia en el
mundo. La guerra santa necesita creyentes y McWorld consumidores; ninguno de
los dos promueve «ciudadanos». El autor se pregunta cómo puede esperarse
entonces que la democracia funcione sin ciudadanos. Barber llama la atención
sobre la paradójica confluencia de dos fuerzas antitéticas, el radicalismo del
mercado global y el fundamentalismo, que, sin embargo, coinciden en su negación
de la democracia y la cercan en un movimiento de pinzas. En este «mundo nuevo»
ya no cuentan las virtudes cívicas ni las demandas políticas y resulta cada vez
más difícil deslindar la responsabilidad colectiva de los gobiernos. En una
sociedad de estas características los consumidores pueden elegir «entre 16
tipos de pasta dentífrica, 11 camionetas y 7 marcas de zapatos deportivos»,
pero no puede decidir el carácter y la dirección de la evolución social,
configurándose así «una infraestructura por la cual ninguna comunidad se
pronunciaría libremente». 5 Los
pronósticos de Barber son en general pesimistas, pero a pesar de todo no pierde
las esperanzas. En su opinión, el mundo habrá de pasar todavía por varias «guerras
tribales» y finalmente «los mercados barrerán con todas las ideologías». Su
análisis concluye preguntándose si acaso
no lo harán también con la democracia. Barber presenta la crítica más radical
al capitalismo que se conoce desde la caída del socialismo. Este autor es –cosa
que puede irritar a muchos– un comunitarista de izquierda que se pronuncia por
más justicia y que no sueña con una sociedad sin clases, sino con la activa
sociedad civil que alababa Tocqueville hace más de 150 años. Algunas de sus
consideraciones son cuestionables, sobre todo en lo que se refiere a la
equiparación normativa entre el fundamentalismo y la globalización. Más allá de
todas las críticas que puedan
hacerse
a su estado actual, tanto los mercados como las democracias son
sistemas
abiertos con posibilidades de evolución y capacidad de elaborar
constructivamente
los conflictos sociales, lo cual resulta más bien dudoso en el
caso
del fundamentalismo, donde la distensión observable en la actualidad en
Irán
es un signo positivo, mientras que el avance del terrorismo en Argelia apunta en
la dirección contraria. Podría argumentarse también que la globalización trae
efectos positivos como la redistribución mundial del trabajo y del ingreso,
dejando también atrás una sociedad petrificada definida por la categoría del
trabajo. Barber es demasiado inteligente como para pretender sin más la
«superación del capitalismo». Pese a todas sus críticas al capitalismo
realmente existente, considera que la economía de mercado es mejor que las
otras alternativas, pero subraya que la libertad del mercado no produce de
forma automática democracia y critica así los discursos políticos que equiparan
los intereses económicos con los ideales democráticos y los valores cívicos con
el afán de lucro. Se pronuncia en cambio por el fortalecimiento de una sociedad
civil caracterizada por la multiplicidad de acciones, el compromiso público y
no estatal, y la acción voluntaria pero no privada.
2.
Jean Marie Guéhenno –a quien se suma recientemente su compatriota Viviane Forrester–
se ocupa de otra de las facetas de la interrelación entre la globalización y la
democracia. En su libro niega que en el mundo de las interconexiones haya espacio
para la política de los Estados nacionales. La revolución de las telecomunicaciones
libera de la territorialidad física las vías de intercambio, de modo que el
control de un territorio delimitado, que onstituía la clave del concepto clásico
del poder estatal, ha perdido importancia en favor del acceso a las redes de
comunicación. «Ser poderoso significa tener contacto, estar incorporado a la red,
de modo que hoy el poder es sinónimo de influencia y no de dominación.» La sociedad
organizada en tanto Estado se disuelve en una multitud de individuos que buscan
satisfacer sus intereses en una lucha de todos contra todos formando a lo sumo
«comunidades de intereses a plazo fijo». El postulado cartesiano «pienso, luego
existo» ha cedido paso a un «me comunico, luego existo». Ya no se trata de
personas o de ciudadanos, sino de «partículas sociales», el zoon politikon ha
sido reemplazado por el idiotes. No habiendo sociedad de 6 ciudadanos no puede existir tampoco el Estado democrático ni una
política basada en la responsabilidad democrática frente a los ciudadanos. En
la medidaen que las funciones del Estado se diversifican, el proceso de
decisión política se desarticula. La
lógica de las instituciones y de la soberanía estatal cede paso a la de
estructuras funcionales plurales de un mundo pluridimensional, un «tejido sin costuras
identificables», con nudos comunicacionales conectados en forma cada vez más
eficiente en una compleja red de interrelaciones.
La
negación del Estado territorial y de la política nacional que hace Guéhenno se apoya
en una proyección a futuro de tendencias observables en la actualidad. Como
toda proyección, carga con un margen de indeterminación. El propio autor reconoce
que la lógica del Estado nacional convivirá todavía bastante tiempo con la
lógica del mundo interconectado, e indica además que en el marco de la nueva lógica
la «capacidad de adaptación» será «la carta decisiva». Esta afirmación da pie a
la pregunta de por qué no pensar que el Estado territorial pueda desarrollar capacidad
de adaptación. De hecho existen indicios de ello a todos los niveles y no
sorprende que los países desarrollados sean los que más han avanzado en este
aspecto, tratando de crear una infraestructura de información, estimulando la inversión
y procurando aumentar su competitividad en los campos tecnológicos más promisorios
por medio de medidas de política interna y exterior y de un fomento millonario
de las áreas consideradas claves –todo eso en una coalición cada vez más
estrecha con los impulsores de la globalización, es decir los consorcios
multinacionales y sus directivos. En este punto hay que tener cuidado con
ciertas argumentaciones interesadas. La apelación a la necesidad de mantener o
mejorar la posición competitiva en medio del proceso de globalización suele ser
utilizada por los políticos para ocultar sus propias vacilaciones, omisiones y
responsabilidades. Los «constreñimientos del mercado mundial» sirven así para
justificar la impotencia política a nivel nacional. Los científicos ya han
llamado la atención sobre este fenómeno. Paul Krugman, un reconocido economista
del Instituto Tecnológico de Massachusetts, habla en este sentido de «las
mentiras de la competitividad», indicando que las falacias de este
«internacionalismo ‘moderno’», como él lo llama, pasan por alto que el cambio
tecnológico será la variable central del desarrollo futuro de las economías nacionales
(Krugman 1997).
Más allá de que el término
globalización es utilizado en diferentes sentidos es interpretado de diferentes
maneras, pueden mencionarse ciertos elementos comunes a prácticamente todas las
versiones:
1.
La globalización no es un fenómeno nuevo, sino la continuación e
intensificación
de las transacciones transversales que hasta ahora habían sido
consideradas
dentro de la categoría de internacionalización. La historia ha conocido varias
olas de globalización (Pax Romana, Pax Británica, Pax Americana, v. Kennedy
1987). En la década de los 80, cuando estaba en boga la tesis de la permeabilidad
de los límites de los Estados territoriales, Hedley Bull, un 7 representante de la escuela realista de las relaciones internacionales,
recordaba que ninguna de las empresas trasnacionales tenía entonces una
influencia que pudiera siquiera compararse a la que había gozado la Compañía de
las Indias Orientales en el siglo XVII. En la lista de las 100 empresas líderes
del mundo, publicada en la revista norteamericana Fortune Global 500, ni
una sola se puede denominar global o sin patria en un sentido estricto
(Ruigrok/Van Tuldwee, p. 155).
Lo
nuevo no es entonces tanto la intensidad como la calidad espacial y material
de
los procesos de internacionalización de manufacturas, servicios, capital,
movimiento
de personas, puestos de trabajo e informaciones, y la presión de
adaptación
que de ellos emana. Por otra parte, cabe recordar que pese a la
globalización,
la tríada formada por EEUU, Japón y Europa occidental sigue
ocupando
la primera posición en cuanto al comercio internacional, las inversiones privadas
directas y el sistema monetario y financiero internacional, aunque en la actualidad
se registra un gran crecimiento en la región del sudeste asiático.
2.
Existe acuerdo en que el núcleo de la globalización es tecnológico y económico.
La globalización es en primer lugar la de las finanzas, el comercio, la
producción, los servicios y la información. Varios factores han influido en
este proceso: la liberalización de la política comercial, la desregulación de
los mercados de manufacturas y finanzas, sobre todo en EEUU y Gran Bretaña, la
integración de los mercados financieros como resultado de la revolución
tecnológica en el área de comunicación e informática, la apertura de los
mercados de Europa del Este, los avances en la infraestructura de transportes y
comunicaciones, y finalmente los avances en el proceso de integración y
regionalización. Como consecuencia de todo eso, la presión de la competitividad
creció en una forma espectacular, no solo en el campo económico (es decir,
inversiones, puestos de trabajo, investigación y
desarrollo,
sistemas sociales, factores de posicionamiento), sino también en el
área
política y jurídica.
3.
Un tercer elemento común a todas las versiones de la globalización consiste en la
convicción de que cualquier intento de desacoplarse o liberarse de este
proceso
está condenado al fracaso.
A
continuación quiero tratar con cierto detalle dos áreas de la globalización,
quizás las más espectaculares: la globalización financiera y la de la
producción.
La
globalización de las finanzas
Esta
globalización avanza con gran rapidez. El tráfico diario de divisas se acerca
al billón de dólares. A fines de la década del 70 llegaba apenas a 7.500
millones de dólares y a mediados de los ochenta a 150.000 millones. El tráfico
internacional de capital se ha independizado de las corrientes comerciales y
financieras. Mientras en 1986 el movimiento del mercado de divisas era 25 veces
mayor que el volumen del comercio mundial –el cual por su parte creció en los
últimos 10 años a un promedio del 5% anual, es decir el doble que la producción
mundial–, en 1990 la relación había subido a setenta veces.
8
También
cambió la dirección de los flujos. En la década de los 70 fueron los países
industrializados los que atrajeron el grueso del capital con el objetivo primordial
de equilibrar sus déficits fiscales. En los años 90, los bajos intereses
en
los países desarrollados, la reducción de las deudas externas y las reformas
neoliberales
ejecutadas en los países en vías de desarrollo fueron las causas de que una
parte considerable del capital privado fuera colocado en los «mercados emergentes»,
sobre todo en América Latina. Desde el comienzo de la década del 90 ingresaron
a esta región entre 15.000 y 20.000 millones de dólares por año como
inversiones directas. Además, los bonos de la región encuentran buena aceptación
en los mercados financieros internacionales. Los altos intereses, la escasa
supervisión de bancos, los bajos impuestos y las generosas condiciones de
repatriación de ganancias prometen hoy altas utilidades en no pocos países latinoamericanos.
Para dar un ejemplo, en 1991, es decir cuando comenzaron a implementarse los
programas neoliberales de ajuste definidos en el famoso Consenso de Washington,
los depósitos colocados en Argentina obtuvieron nada menos que un 392% de
rendimiento (Naím, p. 56).
Dado
que la cuota de ahorro interno en dichos países oscila entre la mitad y los
dos
tercios de la habitual en los mercados emergentes de Asia (1994: 33,4%),
ese
flujo de capital para la financiación del desarrollo fue muy bien recibido en
América
Latina. El problema es que gran parte de este dinero se colocó a corto
plazo
–en Argentina el 75% (1992) y en México el 64%. De acuerdo con los datos del
Banco Sudameris (p. 27), los créditos a largo plazo representaban en la región solamente
el 5,7% en 1990 y el 15% en 1994. La volatilidad y colocación a corto plazo de
ese capital «caliente» o «golondrina», forma parte de un cuadro en el que las
actividades económicas están caracterizadas por el predominio de la dimensión
financiera sobre la productiva. Este «financierismo latinoamericano» –como
Bouzas y Ffrench Davis lo denominan– ha sido alimentado por los procesos de
globalización financiera, por los cuales se ha constituido una red de especulación
pura, que con técnicas e instrumentos en avance perpetuo es capaz de reciclar
210.000 millones de dólares por año, una masa de dinero equivalente a tres
veces el producto bruto del mundo.
Esta
trama neuronal interactiva (de hecho, la primera manifestación cabal de dos conceptos
asociados: la aldea global de Mc Luhan y la autopista informática) opera sin
parar día y noche, tiende a desestabilizar la economía real y con ella la vida
cotidiana. Además parece reducir la soberanía de los Estados nacionales, incluso
de las potencias. Se asiste entonces a la creación de redes financieras mundiales
y no de una economía mundial.
Cabe
recordar, sin embargo, que no todos tienen el mismo acceso al capital
internacional.
Sólo 20 países tienen acceso indiscriminado a este juego en tanto que 140
países son objeto de olas especulativas sin autonomía propia.
Además,
sólo el 2% de los movimientos de capital
corresponde a intercambios de bienes y servicios (Touraine), de manera que se
está produciendo un
9
desacoplamiento cada vez más claro
entre la economía real y la economía virtual.Visto este
cuadro no es sorprendente que Touraine sostenga, siguiendo el mencionado
análisis de Hilferding, que estamos reviviendo a mayor escala lo que a
principios de siglo se llamó imperialismo, es decir, el predominio del capital financiero internacional sobre el capital
industrial nacional. Otro científico francés, Michel Albert, ha
contrapuesto el capitalismo anglosajón, que es ante todo financiero, a lo que
denomina capitalismo renano (asimilable, según él, al capitalismo japonés, al
menos antes del estallido reciente de la burbuja financiera), condensado en el
modelo alemán: la asociación estrecha entre la banca, las grandes empresas, los
sindicatos y el Estado, una constelación que hoy, sin embargo, está en proceso
de revisión. Una cosa es segura: los cambios en marcha van mucho más allá de lo
coyuntural. Lo que hoy está en cuestión es el dinero convencional, en peligro
de ser desplazado por el dinero electrónico. Los «electrodólares» resultan tan seductores
como cualquier juego de video y, como éste, están al alcance de todos. Ni
siquiera es necesario tener mucha educación. Quienes están familiarizados con
el dinero informático (megabyte
money) le atribuyen una serie de cualidades. Es excelente para
transacciones pese –o debido– a su carencia de valor intrínseco, y representa
una cómoda unidad contable pese –o debido– a que
está
desligado de la economía real. También puede
moverse velozmente,
trasladarse por encima de espacios
regulados, imprimirse o emitirse hasta por fibra óptica, convertirse de una
moneda a otra en segundos, negociarse en cualquier plaza o en varias al mismo
tiempo, mudar al instante en bonos, acciones, opciones, futuros, etc.
Este capital no toma en cuenta el mapa político porque se mueve en un universo
cualitativamente distinto al de etapas anteriores del capitalismo. Pero el
dinero informático no funciona bien como depositario del poder de compra y cada
año su valor desciende con respecto a los activos reales. Por lo demás, el
potencial inflacionario del dinero electrónico y el deterioro del dinero
convencional son efectos que el monetarismo ortodoxo ni previó, ni jamás hubiera
deseado. Ese proceso de globalización tiene –por supuesto– ganadores y
perdedores. La misma participación en el mercado gris de capital puede ser muy
riesgosa. En Alemania se calcula que del total invertido en dicho mercado
(45.000 a 55.000 millones de dólares) alrededor de 22.000 millones se pierden.
Los operadores financieros son capaces de generar de 20 a 50 dólares virtuales
por cada dólar circulante en la economía real. La especulación impone normas y
prioridades a un grado que muy poca gente sospecha. La especulación es, en primer término, sinónimo de cambios abruptos, el
dinero fluye velozmente a un mercado y lo abandona con igual rapidez, como se
ha visto con toda claridad en la (segunda) crisis mexicana de finales del año
1994 y su «efecto tequila» (sobre todo en Argentina), y también de manera
reciente en los temblores de las bolsas latinoamericanas como consecuencia de
las olas de devaluación en el Sudeste asiático. La tecnología (informática, comunicaciones,
ingeniería matemática), acelera constantemente esos flujos financieros y
aumenta su volatilidad e
10
hipersensibilidad,
sobre todo en materia de futuros y opciones. Sin tanta
fluctuación
veloz no habría tantos ganadores ni perdedores a nivel mundial en tan poco
tiempo, donde impera un juego de suma cero.
Además,
los jugadores necesitan cada vez más dinero electrónico porque sus
ganancias
compran cada vez menos activos reales. Entonces entran o salen de
una
colocación con mayor frecuencia, echando mano a instrumentos, productos o estrategias
inversoras novedosas. En rigor, los mercados no giran ya alrededor de inversiones
sino de transacciones. Este casino financiero se cruza con la economía real en
varios puntos:
1.
Los intereses: la actividad productiva sufre cuellos de botella si las tasas
suben demasiado o muy velozmente. Lo mismo sucede con la demanda de cualquier rubro
sujeto a financiamiento. Por consiguiente, la volatilidad que beneficia al especulador
ahogará a consumidores, industriales, comerciantes y, finalmente a toda la
sociedad.
2.
Otra intersección surge en las paridades cambiarias, objeto en 1995 de la
corrida
más grande de la historia. La constante fluctuación de ciertas divisas
afecta
insumos, precios finales, márgenes de ganancia, costos, ventas, el
bienestar
y el clima social.
3.
También las empresas trasnacionales participan y se han transformado en
jugadores
del casino planetario. Aunque los intereses suban, no necesariamente les parece
oportuno dejar su dinero en el banco. Por el contrario, cada noche sus computadoras «barren» las cuentas moviendo activos hacia
donde haya mayores ganancias en menor lapso. A su vez, las empresas ya no
se limitan a mantener existencias y papeles (acciones, en particular) para
ganar dividendos o aumentar sus activos reales. Hoy, sus sistemas informáticos,
analistas y operadores se alejan de la economía real en pos de veloces negocios
con carteras globalizadas.
Toda
esta galaxia, a su vez, se aleja de la economía real, del mundo donde todavía hay
Estados que creen estar manejando la vida cotidiana.
Otro
aspecto a mencionar aquí sin entrar en mayores detalles, como contracara
del
mundo anónimo y poco comprensible del capital, es el auge de la religión, del fundamentalismo,
hasta del pensamiento mágico, el auge de la violencia urbana, de mitos
populistas, recetas mágicas (por ej. la convertibilidad), la dura pero exitosa
batalla contra el Estado administrador, planificador y árbitro de la
economía
real, con el resultado de que el Estado queda demolido y la sociedad
sin
defensas contra la megaespeculación, como por ejemplo ha sucedido en
Albania.
La
globalización productiva o el poder de las multinacionales
Así
como la cuestión de clases fue el gran tema del movimiento obrero en el siglo pasado
y en la primera mitad del actual, la cuestión de la globalización domina el
11
discurso
de las empresas trasnacionales en el umbral del siglo XXI.
Existe sin
embargo
una gran diferencia: en el pasado, los trabajadores constituían un
contrapoder,
mientras que hoy las empresas globales no tienen que enfrentarse a un desafío
similar. La globalización les permite no solo gozar de un rol clave en el manejo
de la tecnología, sino que también les garantiza un rol político predominante
porque pueden decidir, por ejemplo, deshacerse de puestos de trabajo que les
resulten costosos. Más aún: pueden librarse de todo tipo de restricciones por
parte del Estado y del trabajo. Paradójicamente, los empresarios que producen
crecimiento crean también desocupación, en tanto que también el Estado, que
baja los impuestos con el supuesto objetivo de crear trabajo, también contribuye
de manera indirecta a la desocupación con esa decisión. Las cifras de distribución
de los ingresos son muy elocuentes al respecto. En Alemania, por ejemplo, los
salarios reales aumentaron sólo un 2% en los últimos 12 años. Al mismo tiempo,
las rentas de capital subieron en un 59%. Esta relación es expresión de una
nueva ley, según la cual la combinación
de capital y conocimiento permite producir cada vez más con menos trabajo.
A nivel político este proceso implica la pérdida de valor del trabajo, un gran
golpe al acuerdo histórico entre el capital y el trabajo, y con ello a la
resolución pacífica del conflicto central de la modernización. Cabe entonces
preguntarse si las reglas clásicas de juego, como las negociaciones colectivas
libres, los contratos laborales y el derecho de huelga, tienen todavía cabida
en el nuevo siglo de la globalización o han de quedar relegadas al basurero de
la historia, y si en efecto se está produciendo lo que Beck (1997) ha
denominado «la lucha de clases desde arriba».
La
globalización, o más concretamente la trasnacionalización de las empresas,
no
solo le hace perder peso y significación a los sindicatos, sino que –como ya se
ha indicado– parece socavar también la capacidad de decisión de los gobiernos reemplazando
la soberanía nacional por la soberanía global del capital. Semejante proceso
avanza hacia el modelo de un Estado mínimo o «gendarme». Lo más curioso es que
no son pocos los políticos que hablan del mercado como único regulador, sin
darse cuenta de que al hacerlo están destruyendo su propia razón de ser. En
conclusión, el poder de las empresas globalizadas consiste en:
a)
Su capacidad de exportar puestos de trabajo a cualquier lugar del globo, donde los
costos de trabajo sean más baratos;
b) La segmentación de productos y fases de
producción, y la diversificación espacial del proceso productivo, como sucede
por ejemplo en el sector automovilístico. Las cosas han dejado de
fabricarse en un mismo sitio y se componen de partes provenientes de medio
mundo. Así, vehículos, computadoras, laboratorios farmacoquímicos complejos y
hasta edificios localizados en Estados Unidos contienen proporciones
importantes de
elementos
importados de distintas partes, inclusive técnicas y programas;
c)
La capacidad de negociar con los gobiernos nacionales con el fin de reducir la 12 carga impositiva y bajar costos salariales directos e indirectos y
de infraestructura;
d) El hecho de que las empresas globales
puedan elegir dónde tener sede,
diseñar, producir, comercializar y
pagar impuestos. Dicho en una forma
simplificada:
pueden residir donde es más bonito y pagar impuestos donde sea
más
barato. Lo más importante es que todas estas decisiones se toman sin
participación
de la «alta política», es decir sin discusión parlamentaria o decisión gubernamental,
ni siquiera con un debate público. Se trata entonces de un caso clásico de lo
que Beck (1993) denomina la «subpolítica». En ese mundo las viejas reglas de
juego político han perdido vigencia. Las empresas asumen cada vez más la
función política, de modo que entre los perdedores no solo se cuentan los sindicatos,
sino también los partidos políticos, el Estado benefactor, y finalmente el
capitalismo renano con sus mecanismos neocorporativistas de concertación.
Según
Lester Thurow, el Estado benefactor está en bancarrota; mientras, Paul
Kennedy
(1995) calcula que 1.200 millones de personas en el Tercer Mundo
pronto
estarán en condiciones de ejecutar alrededor del 85% del trabajo que hasta ahora
se ha realizado en los países ricos. Se está configurando así una nueva estratificación
del poder económico mundial, cuyos rasgos definitivos todavía no pueden ser
determinados de manera inequívoca. Además, se está abriendo una brecha entre
los líderes de las empresas globales, que piensan y actúan globalmente, y los
líderes políticos, que están obligados a mirar por el bienestar nacional y a
legitimarse localmente.
La
necesidad de una nueva responsabilidad política
No
hay ninguna duda de que buena parte de las dificultades y la crisis en la que están
sumidos muchos países, sobre todo en Europa y en América Latina, se debe a la
adaptación insuficiente de cada país y cada empresa a mercados
mundiales
paulatinamente más abiertos, en los que los competidores son cada
vez
más numerosos y las innovaciones técnicas hacen que vectores económicos enteros
nazcan y mueran en forma vertiginosa. La necesidad de adaptarse al nuevo
entorno afecta no solamente a los políticos, sindicatos y ciudadanos, sino también
a los propios gerentes de las empresas. La transformación y adaptación requerida
no es fácil, ya que se le opone una multitud de intereses establecidos.
Pero
es indispensable. Y cuanto más difícil y lenta sea, más se debilitará la
competitividad
del país en cuestión, y con ella su nivel de vida y de empleo.
Eliminar
la inflación, reducir el déficit fiscal11,
incrementar las exportaciones,
dominar
las nuevas tecnologías, contribuir a su desarrollo y, por consiguiente,
elevar
el nivel de educación son imperativos que ningún país puede ignorar sin
correr
grandes riesgos. Por otra parte, sin embargo, atender a todo esto no
garantiza
un desarrollo sostenible con justicia social (Cepal). Creer eso es el gran
1 La
eliminación de la inflación y la reducción del déficit fiscal no garantizan
automáticamente el
crecimiento.
Suponer eso fue la equivocación del famoso Consenso de Washington, que
Krugman
(1995) llama «tulipanes holandeses».
13
error
de las recetas de tipo neoliberal. El
resultado de la globalización económica es una división internacional del
trabajo más eficiente acompañada por una redistribución recesiva del ingreso,
que a mediano plazo puede desembocar en violentos conflictos sociales. Citando nuevamente
a Touraine:
Hoy
estamos dominados por una ideología neoliberal, cuyo principio central es
afirmar que la
liberalización
de la economía y la supresión de las formas caducas y degradadas de
intervención
estatal
son suficientes para garantizar nuestro desarrollo. Es decir, que la economía
sólo debe ser regulada por ella misma, por los bancos, por los bufetes de
abogados, por las agencias de rating y en las reuniones de los jefes de
los Estados más ricos y de los gobernadores de sus bancos centrales. Esta
ideología ha inventado un concepto: la globalización. Se trata de una
construcción
ideológica y no de la descripción de un nuevo entorno económico. Constatar el
aumento
de los intercambios mundiales, el papel de las nuevas tecnologías y la
multipolarización del sistema de producción es una cosa, decir que constituye
un sistema mundial autorregulado y, por tanto, que la economía escapa y debe
escapar a los controles políticos, es otra muy distinta: se sustituye una
descripción exacta por una interpretación errónea. ... Debemos preguntarnos cómo
evitar caer en la economía salvaje y cómo construir un nuevo mundo de gestión
política y social de la actividad económica (p. 17).
Por
otra parte, no debe caerse en la exageración de Krugman (1994), que
considera
a la globalización como un invento periodístico, una palabra vacía que pretende
explicar todo y no explica nada. Según él, la competitividad depende de la política
de cambios y de la capacidad de absorción de los mercados. Las exportaciones e importaciones
de un país, y con ellas su competitividad, se mantienen en equilibrio en tanto
aquél no pase a ser deudor o acreedor del resto del mundo. Incluso en ese caso
no se llegaría tampoco a una crisis de competitividad de la economía en
cuestión, un concepto que en su opinión resulta por otra parte peligroso por
cuanto está asociado a subvenciones, proteccionismo, guerra comercial y malas
políticas.
Semejante
interpretación no da cuenta de la realidad actual. La globalización no es un
término vacío ni un fantasma. Eso es lo más obvio en el campo financiero.
En
el ámbito de la producción, la globalización es menos una realidad que una
estrategia.
Sin embargo, mucho de lo que figura bajo el lema de la globalización es menos
una realidad que un mito, y con eso –como John F. Kennedy dijo una vez– lo
contrario de la verdad. Esto es lo que he tratado de demostrar aquí. No puede
pasar desapercibido, sin embargo, que muchos decisores políticos y económicos,
tanto del Norte como del Sur, intrumentalizan el concepto con objetivos
interesados y para desviar la atención de sus propios fracasos o negligencia,
como por ejemplo ocurre con la desocupación. Esa actitud es tanto más grave
cuanto una serie de estudios empíricos demuestran que a pesar de los procesos
de globalización, el marco nacional sigue siendo determinante para la
estructura y el desarrollo de las economías nacionales y para las decisiones empresariales.
Quisiera proponer tres pruebas de ello:
1)
En su trabajo acerca de la globalización Hirst y Thompson llegan a las
siguientes
conclusiones:
14
–
La economía mundial es una economía internacional, pero no una economía
globalizada.
Sus unidades centrales siguen siendo las economías nacionales,
que
están comunicadas entre sí por medio del comercio y las inversiones. Pese a la
creciente internacionalización de las economías nacionales registrada en los últimos
años, son hoy más cerradas de lo que lo fueron entre 1870 y 1914. Las condiciones
internacionales no afectan a las economías nacionales directamente sino sólo
por la intermediación de las agencias y procesos nacionales.
–
Las verdaderas empresas trasnacionales, las que funcionan sin ninguna base
nacional,
son muy escasas. La mayoría de las empresas que actúan
internacionalmente
conservan un anclaje en un país determinado donde tienen su
central.
– A
pesar de la alta movilidad del capital, no se ha producido hasta el momento
un
traslado masivo de inversiones y puestos de trabajo al Tercer Mundo. Con la
excepción
de algunos países en despegue, la mayor parte de las inversiones
extranjeras
directas se siguen realizando entre los países industrializados (en la OCDE: el
75%).
–
El comercio, las inversiones y el capital financiero se mueven en su mayor
parte
dentro
de la tríada formada por EEUU, Unión Europea y Japón. Las reglas son
fijadas
básicamente por estas tres potencias económicas, lo cual indica que los
mercados
mundiales están muy lejos de actuar en forma independiente de las
regulaciones
y controles políticos.
2.
La investigación del Instituto de Economía de Kiel mencionada al principio
(Nunnenkamp)
subraya también que los países en desarrollo que hasta el
momento
no se han beneficiado de la globalización no pueden responsabilizar
por
ello a los factores exógenos. Por el contrario, son las políticas económicas
nacionales
las que permiten hacer buena figura o no en la competencia
internacional
por los mercados y los factores de producción móviles. Así, los
países
del Sudeste asiático se cuentan entre los ganadores de la globalización
porque,
a diferencia de los perdedores, como por ejemplo, los países del Africa
negra,
supieron mantener la estabilidad general, realizar altas inversiones en
capital
humano e infraestructura y mostrar mayor apertura a los mercados
mundiales
de bienes y capital. Por eso no es una casualidad que en el ranking
global
de competitividad del World Economic Forum, de Ginebra, cuatro países
asiáticos
(Singapur, Hong Kong, Taiwán y Malasia) figuren entre los 10 primeros puestos (Global
Competitivness Report 1997). En qué medida el colapso financiero, que
algunas economías sudeste-asiáticas experimentaron en los últimos tiempos, va a
afectar este ranking, es una cuestión abierta.
3.
El ejemplo alemán muestra que el fin de la época de las «vacas gordas» que
comenzó
a manifestarse a partir de 1982, es decir, la declinación del modelo
fordista
de producción en masa, de expansión del ingreso y del Estado de
bienestar,
se explica por causas externas (la quiebra del sistema de Bretton
15
Woods,
las dos crisis del petróleo y la internacionalización de los mercados), pero también
responde a importantes factores internos como los cambios registrados en la
distribución del ingreso y su utilización. Kamppeter ha demostrado que a partir
de 1992 las ganancias empresariales han aumentado notoriamente, mientras que
los ingresos de la mayor parte de la población están estancados. A diferencia
de lo que había sucedido en épocas anteriores, entre 1982 y 1994 sólo se
reinvirtió un 35% en la formación de patrimonio empresarial, en tanto que el 65%
de la inversión se canalizó hacia los depósitos de dinero, sobre todo a la compra
de títulos. Eso significa que la idea del gobierno –y en parte también de los
sindicatos– de facilitarle las ganancias a las empresas por medio de la liberación
de cargas y la limitación de los aumentos salariales con la esperanza de que
éstas mantengan o aumenten sus inversiones, no tuvo los resultados esperados.
Citando a Kamppeter:
En
lugar de modificar esa estrategia fracasada e inútil se empezó a atribuir la
culpa del revés a
otras
causas, como la falta de atractivo de Alemania en la competencia de
localización y a la
fuerza
incontrolable de la evolución del mercado internacional y la globalización. En
vista del
estancamiento
de la demanda interna, las exportaciones se transformaron en la fuente
principal
del
crecimiento, una situación que se mantiene hasta la actualidad y que ha cobrado
un nuevo
impulso
a consecuencia de la revalorización del dólar.
Estos
tres ejemplos muestran con claridad que las instancias políticas no pueden sacudirse
la responsabilidad atribuyendo todas las culpas al mercado mundial y a la
globalización. Esto se aplica tanto a los países industrializados como a las economías
en desarrollo. Finalmente puede citarse una fuente que está libre de toda
sospecha de pertenecer a la izquierda: el Informe Anual del Banco Mundial 1995
destaca que la globalización es un fenómeno indivisible, pero subraya que las
perspectivas de crecimiento siguen dependiendo de los efectos de la política económica
en cada país, para concluir advirtiendo que «las fuerzas de la globalización
aumentan tanto los beneficios de una política buena como los costos de una
política mala» (p. 64). Es así que la vieja cuestión de la responsabilidad
política de los gobiernos («accountability») en las democracias representativas
sigue vigente aún en tiempos de la globalización. Lograr armonizar la
globalización con la democracia representa precisamente el gran desafío de los
próximos años. No encararlo en forma constructiva sería un error que puede
costarle igualmente caro a las democracias saturadas del Norte como a las
todavía no consolidadas de América Latina.
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